viernes, septiembre 01, 2006

Miénteme, miénteme mucho

La gente miente donde puede, cuando puede y a quien puede.

Por ejemplo, esta mujer que le decía a otra:
- Mi hijo va a ir a Oxford con una beca de investigación por haberse graduado el primero de su promoción. Las universidades se lo rifan. Qué orgullosa estoy de él.
Y su amiga le respondía:
- Cuánto me alegro. Por cierto, te sienta fenomenal ese peinado – mientras le señalaba a una especie de estropajo que tenía sobre la cabeza.
Filtrando las mentiras de este diálogo, nos quedamos sólo con “Por cierto”.

“Y que de todo el mundo sólo a mí se me tenga que notar...”

Claro, que una mentira no siempre es una cosa mala.
Por ejemplo, el otro día tuve una conversación con una amiga japonesa.
Esta chica trabaja en una empresa americana, y muchos de sus compañeros son estadounidenses. Según me contó, a menudo le preguntan sobre temas históricos o culturales de Japón.
- ¿Cuándo fue la era de Meiji?
- ¿Bajo la dinastía de qué emperador alcanzó el mayor esplendor el arte de la aguada japonesa?
- Cuando la armada americana atacó Japón para poner fin a su período de aislamiento en 1854, ¿de qué talla era la camisa del contramaestre del buque que llegó el segundo al puerto?
Etcétera.

Supongo que todos los que hemos tenido amistades extranjeras hemos tenido la misma experiencia: sólo por haber nacido en un país, ya se piensan que en nuestro ADN está escrito todo lo que hay que saber sobre la historia y cultura de nuestro país. La verdad, por supuesto, es que lo único que sabe un español medio es que el Quijote lo escribió Cervantes y que Colón le tiró un huevo a los Reyes Católicos.

Foto de Colón encontrada con el Goog... Ottia, se me olvidó escribir el acento...

En cada país será lo mismo, y mi amiga no es una excepción. Así que estaba esforzándose por aprender un poco, leyendo algunos libros. Pero no es que le entusiasmara mucho el tema, la verdad.
Como buen Don Guri piadoso que soy, le ofrecí mi consejo:

- Mira. Si quieres quedar bien con tus compañeros, tienes dos opciones. La primera es gastar un montón de tiempo leyéndote algunos libros de historia, rezar por que se te quede algo en la memoria, y luego blasfemar contra lo más sagrado cuando te pregunten algo que no venía en los libros.
- La otra, enséñame la otra –me pidió con una mirada implorante.
- Invéntate las respuestas.

Me miró un poco asombrada, intentando decidirse sobre si le estaba tomando el pelo o me estaba revelando como el embaucador que siempre fui.

- ¿Inventarme las respuestas?
- Claro. Ese tipo de preguntas son fruto de un impulso irreflexivo. ¿Qué va a hacer con una información sobre historia o cultura antiguas? Él nunca lo comprobará y su vida nunca dependerá del dato. Probablemente lo olvidará al día siguiente. No le estás causando entonces ningún mal. Él estará satisfecho por tu inmediata respuesta, te admirará y se alegrará de tener una compañera tan inteligente. Ambos salís ganando. Y esto funciona en muuuuchos otros campos.

Lo meditó un momento.

- ¿Y si por casualidad descubriera que no le he dicho la verdad?
- Entonces, dile que te malinterpretó. Se lo tragará, ya lo verás.
- Parece una buena técnica, pero no sé...
- Tranquila. Yo mismo la he probado muchas veces. No falla jamás.
- ¿De verdad?
- Por supuesto. Nunca te mentiría.

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1 Comments:

At 2:36 p. m., Anonymous Francis said...

Creo que a partir de ahora cada vez que quiera preguntarte algo te haré la pregunta dos veces, espaciándola en el tiempo, para poner a prueba tu capacidad de retentiva (si es que me acuerdo, claro).

Estoy deseando ver en qué otros campos tiene aplicación esto de inventarse las respuestas...

 

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