sábado, marzo 21, 2009

Regalos japoneses

Un aspecto no tan conocido de la cultura japonesa es que a los japoneses les gusta hacer regalos.
¿Qué digo les gusta? ¡Adoran hacer regalos! ¡Lo necesitan! ¡¡¡Es un instinto incrustado en su ADN!!!


Un inocente regalo japonés es potencialmente capaz de destrozarte la vida.

Por ejemplo, te invitan a comer a su casa. Tú llevas la bebida, el postre o la coca... Lo normal, porque a fin de cuentas eres el invitado. Pero cuando ya vas a volver a casa, de alguna parte se sacan algo y ¡zas! ¡Te lo regalan!
A mí me han regalado cosas sin necesidad personas a las que acababa de conocer y a las que nunca más vería en la vida.

Dentro del mundo regalístico nipón, una de las fechas claves es San Valentín.
Como ellos no pueden actuar igual que el resto del mundo, aquí la mujer le regala chocolate al hombre el 14 de febrero... y luego, el 14 de marzo el hombre corresponde con chocolate, galletas u otros dulcecillos. Pero la guasa es que no se regala sólo a la pareja... sino también a los amigos, a los compañeros de trabajo, al jefe, a los cuñados... y como se descuide, hasta al mendigo que pasaba por allí recogiendo latas.
El maquiavélico efecto secundario es que si ninguna chica te regala chocolate te sientes una piltrafa humana porque tienes menos éxito con las mujeres que Epi y Blas. Pero es que, como los chocolates y galletas están sobrepreciados a unas tres o cinco veces su valor normal, cuando una chica te regala, en vez de alegrarte lo que haces es pensar “¡Hostia, no! ¡Otra a la que le tengo que regalar una putas galletas el 14 de marzo! ¡A la mierda la nueva cámara digital que pensaba comprarme! Voy a terminar recogiendo latas, como el mendigo”.


Un bomboncillo de San Valentín te puede costar fácilmente 3 euros. Y no es coña.

Y el culmen del sadomasoquismo social son los viajes. ¡Que no se te ocurra volver de un viaje sin traerle un detalle a toda la parentela, a los compañeros de trabajo y a todo bicho viviente al que fuiste lo suficientemente pardillo para decirle que te ibas a Corea!
Estos souvenirs de los viajes, en japonés se llaman “omiyage”. Quizás es la palabra más infame de todo su idioma.
No importa que los japoneses se recorran ocho países en siete días: hay que dedicar tiempo a elegir los omiyages. No importa que comprar omiyages para dos o tres docenas de personas te llene media maleta. ¡Hay que hacerlo! Y lo más sangrante es que todo el mundo es consciente de que tanto lo que te traen a ti, como lo que tú les traes a ellos suele ser una chorrada que a nadie le interesa y acaba en la basura.

Aparte, hay miles (o millones) de ocasiones: cumpleaños, el Día de los Abuelos, el Día de los Nietos, el Día de la Madre que los Parió, etc.

Por eso, recibir un regalo de un japonés es una trampa social mortal. Escóndete, huye, fíngete loco, coge la lepra... Lo que sea, antes de que consiga entregártelo. Porque una vez que lo has aceptado, si correspondes entrarás en un círculo vicioso del que jamás podrás salir y que incluso podrían heredar tus hijos, los hijos de tus hijos y hasta las cucarachas que vivan en tu casa.
Pero si no correspondes... ¡entonces quedas como un desagradecido antisocial! Y encima, ellos no captan la indirecta, porque es culpa de su instinto genético nipón. Te seguirán haciendo más y más regalos, y tú seguirás descendiendo por la escala del comportamiento antisocial hasta convertirte en una cáscara vacía, en un ser despojado de todo vestigio humano, como... no sé, Britney Spears.

“Yo era famosa. Tenía el mundo a mis pies. Entonces, un día un japonés me hizo un regalo. No supe cómo reaccionar... y ahí empezó todo”

Entonces, según la Escuela Choricil sólo existen dos formas de actuar adecuadas cuando un japonés te regale algo:


- Aceptarlo y echarlo a la pila. Cuando te toque a ti corresponderle a alguien, coges algo de la pila y se lo das. Hay tres problemas: 1) cuidado de no dárselo a la misma persona que te lo dio. 2) Si es algún alimento, ojo a la fecha de caducidad; a nadie le hace gracia recibir una caja de huevos de salmón caducados hace año y medio. 3) Si por ejemplo, se supone que has vuelto de Mongolia, y le entregas una morcilla de Burgos que estaba en la pila, la cosa canta. Ten preparada una explicación (sugerencia ultrachoricil: la compañía aérea te cambió las maletas).


- Destruir inmediatamente el regalo... y al que te lo ha dado. Es lo más efectivo, aunque hay cierto riesgo de que te metan en la cárcel o te condenen a muerte. Pero no te preocupes demasiado. Los jueces japoneses también son personas que conocen lo que es sentirse atrapado en el círculo vicioso de los regalos. Así que estará predispuesto a tu favor, y un abogado competente no debería tener problemas para conseguirte una sentencia absolutoria. Recuerda agradecérselo adecuadamente. Por ejemplo, con un buen regalo.

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sábado, octubre 04, 2008

Seguridad ciudadana

Japón es un país mundialmente conocido por su estupenda seguridad ciudadana. Y después de un porrón de tiempo de vivir aquí, puedo atestiguar que es cierto.

El agente Yoshimura adiestrando a los cadetes en una academia de policía. (Pincha para ampliar)

Fenómenos que en otros países entrarían dentro de lo paranormal, aquí son cotidianos. Por ejemplo:


1. Te duermes yendo en el metro o en el tren y despiertas con todas tus pertenencias.
2. En un vagón abarrotado hasta los topes llevas la cartera en el bolsillo de atrás o el bolso abierto y lo normal es que no te sustraigan nada.
3. Que mucha gente se encuentre algo de valor en la calle y lo lleve al puesto de policía más cercano.
4. En una cafetería vas al servicio dejando tu abrigo o alguna cosa en la mesa y cuando vuelves todavía está ahí.
5. ¡¡¡Puedes dejar cosas dentro del coche sin que te revienten las lunas y se lleven hasta el polvo de la tapicería!!!
6. La mayoría de las viviendas no tienen rejas en las ventanas de la planta baja.
7. Muchas tiendas dejan mercancías a la entrada, en la calle. La gente las coge, entra a la tienda con ellas y las paga (en contraposición a cogerlas y echar palante).
8. Puedes volver andando a casa a las doce de la noche sin que te asalten, te vandalicen y se te lleven hasta la caspa.

Por supuesto, no hay que exagerar: además de la yakuza, hay barrios chungos, gente chunguísima y delitos y crímenes megachungos. Y luego están los pirados que un día trincan un cuchillo o un Pokemon radiactivo y se dedican a liquidar a transeúntes inocentes
Pero, en general, el nivel de seguridad ciudadana es envidiable.


“¡Al que se le ocurra mangar un tamagotchi le meto un ultrapuñetazo que le pongo los mondongos en órbita!”

Ahora bien, las cosas están cambiando.
En los últimos años ha ido creciendo el número de hurtos, robos, delitos y faltas.
Por supuesto, las autoridades japonesas tienen muy claro cuál es la causa: como muy bien sabemos en España, siempre que aumenta la inseguridad ciudadana, la culpa es únicamente de los inmigrantes.
Esto ha traído parejo un incremento de las medidas de seguridad: detectores magnéticos a la salida de los comercios, cámaras de vigilancia, toma de huellas dactilares a los extranjeros en los aeropuertos...

... Y el no va más en métodos de protección de la propiedad privada. Lo definitivo. ¡El acabóse!
Si no quieres que te vuelen la moto cuando la dejas aparcada, ¿qué mejor que dejar...



... a un pato para que te la vigile?

(Nota: foto real sin ningún trucaje ni preparación, tomada cerca de mi casa)

- Oye Don... Ya, mejor un pato que nada, claro. Pero no sé... ¿Cómo evitas que te roben el pato? Como mucho, grazna “cuac, cuac” y te pega un picotazo en la mano. No le veo mucho poder de disuasión.

Todo está previsto. El propietario también debió de pensar lo mismo, porque al día siguiente volvió a dejar la moto vigilada por el pato:




Y el pato vigilado por...


...¡Un jaguar!
¡A ver quién es el guapo que se atreve ahora!

Todavía no le han robado la moto, así que el sistema debe de funcionar. Por tanto ya sabéis, amiguitos: si el ejemplo cunde, iros preparando para ver todos los vehículos protegidos por un pato vigilado por un jaguar. No os quedéis los últimos y adquirid los vuestros ¡AHORA!

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viernes, septiembre 19, 2008

En bragas

Hoy voy a confesaros algo: soy fetichista de la ropa interior femenina.
Sé que a la mayoría de la gente le daría vergüenza admitir algo así en público. Pero a mí no; y esto es así por tres razones:

1. Porque hay mucha más gente como yo.
2. Porque en el fondo no es nada malo ni hace daño a nadie.
3. Porque realmente es mentira, pero me sirve como entradilla a este post (cuyo título espero también atraiga a algunos que vayan buscando bragas por Google. Si habéis leído hasta aquí, no os vayáis. Sí es verdad que voy a hablar de bragas).

Y es que por lo que he oído, vislumbrado, percibido, es algo bastante común en Japón... O quizás no tan común, pero como aquí hay gente a patadas, es normal que haya más gente de lo que sea.
Los primeros indicios me llegaron allá en España, de la mano de una mítica serie de anime que seguro muchos recordaréis: se llamaba “Chicho Terremoto”. Ese era el título en español, por supuesto. El título original no tenía nada que ver... así como mucho de los diálogos, traducidos con más imaginación que fidelidad. Pero eso es otra historia.

Pues el protagonista de esta serie era un retaco al que sólo le importaban dos cosas: el baloncesto y las bragas de las chicas. A ser posible, blancas.

Para que hablen de la mala influencia del anime: millones de japoneses crecieron viendo al salido este y no han desarrollado ningún proble... Un momento; ahora que releo este post... ¡Que prohiban todo el anime! ¡Que quemen los mangas! ¡Inquisición, inquisición!

Como por aquel entonces yo era muy inocente, pensaba que se trataba simplemente de un recurso humorístico sin mayor trascendencia.

¡Qué equivocado estaba!

Realmente el tema de las bragas está bastante extendido en Niponlandia. Es una realidad que en esos barrios chungos en los cuales una bellota decente como yo no se atrevería a entrar (pero ya sabéis, me lo contó un amigo) se venden, en el mercado negro, bragas usadas. A ser posible por adolescentes.
Ignoro el precio. Es más, ignoro si te dan algún tipo de certificado de garantía o algo así. Porque quiero decir: hay que tener muchas ganas de bragas para arriesgarte a pagar un pastón por una prenda sucia que, además, vete tú a saber si en vez de por una sexy adolescente ha sido usada por la no tan sexy abuela de la adolescente o, aún peor, por el caracamal del abuelo de la adolescente, al que además le falta la mitad de la dentadura y le salen pelos por la nariz, las orejas y la verruga mutante del sobaco (lo cual no tiene nada que ver con las bragas, pero ayuda a crear una imagen así como de más repugnancia).

En fin, ahora que os he arruinado la cena con esta sutil descripción, paso a comentaros que, entre toda la plétora de dibujitos, estampados y modelos de bragas imaginables, hay dos que son la delicia del entendido: las bragas con dibujos de fresas (ichigo pantsu), y las de ositos (kuma pantsu). Porque además, se asocian con las bragas con dibujitos monos que suelen llevar las niñas (os parecerá que esto añade una nueva dimensión a la perversión; pero recordad que hablamos de Japón, donde no hay que asombrarse de nada).


Foto sólo para motivos didácticos, claro.

Así que cuando estéis hablando con una chica japonesa con la que hayáis alcanzado ese grado de confianza que permite hablar de lencería e inocentes perversiones, no dudéis en preguntarle si ella es de las que usan ichigo pantsu o kuma pantsu. Eso ayudará a mantener viva la conversación, a la vez que os hará aparecer ante sus ojos como los pícaros bribonzuelos que sois.
A partir de ahí, la dirección de la conversación es responsabilidad vuestra. Pero si triunfáis, no olvidéis que fue aquí donde aprendisteis el truco, así que enviadme una cerveza como agradecimiento.
(Nota: las chicas también podéis usar esto, dándole la vuelta a la pregunta y preguntándole al chico cuál de los dos tipos de bragas prefiere. Acepto también cervezas de chicas).


¿Lo veis? ¿Veis lo que puede albergar una mente japonesa?: Tres perversiones sexuales en un solo dibujo. Si puedes ver cuatro, dímelo y luego ve al psicoanalista. La posible drogadicción de la niña (esos ojos...) es tema aparte.

Y yo sé que ahora estáis deseando salir ahí afuera para comprobar todo esto de las fresas y los osos. Pero permitidme contar una anécdota más: se trata de una noticia que vi en la tele a los pocos meses de llegar a Japón.
Resulta que en no sé qué prefectura, la policía arrestó a un tipo acusado de robar bragas de los tendederos. El individuo llevaba sustrayendo bragas desde hacía un montón de años, y había acumulado una envidiable colección de unas 5000 (¡cinco mil!) prendas, que había ido guardando en cajas.
Por supuesto, la noticia estaba ilustrada con imágenes de la zona en las que el ladrón cometía los robos. Pero además, el periodísta quería demostrar lo concienzudamente que había cubierto el reportaje, por lo que no se olvidó de filmar una gran mesa de la comisaría donde, como se hace con cualquier otro artículo robado que se recupera, la policía se había encargado de exponer, primorosamente ordenadas y metidas individualmente en bolsas de plástico, cada una de las bragas.
La noticia terminaba con un zoom enfocando en primer plano una de las bragas. Una ichigo pantsu.

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sábado, marzo 29, 2008

Conociendo mejor a los japoneses

- ¡Pst! ¡Oye! ¿Quieres ver la punta de una cola?
- Mmm... Encuentro que, últimamente, por aquí se habla mucho de colas.
- No, hombre, no. Quiero decir una cola de las de esperar. Mira:

(Todas las fotos se amplían si les haces click. De nada)

- Bueno, es el final de una cola, sí. ¿Qué tiene de especial?
- Como pasaba mucha gente, era complicado coger un buen ángulo para hacer la foto. Pero voy a intentar mostrarte su longitud. A ver...


- ¡Hala! Es un rato larga. ¿Qué estarán esperando? Al final tiene que haber algo estupendo, sin duda.
- Este es el final:


- ¿Uh? ¿No hay nada?
- Es que hay que girar la esquina. Como ves, esta cola sirve para esperar...


- ¡Otra cola!
- ¿Ein?
- Vamos a verla más de cerca:


- No puedo creerlo. ¿De qué va esto?
- Se trata de una cafetería de donuts que hay en Shinjuku.
- Pues sí que hay hambre de donuts. Luego se quejarán de que los índices de obesidad suben. Me pregunto cuánto tiempo estarán esperando...
- Tus preguntas son órdenes. Precisamente son tan considerados de poner un cartel con el tiempo estimado de espera. Aquí nadie se lleva a engaño:


- ¿¡Una hora y media!? ¡Venga ya! ¡Eso lo has hecho tú con Photoshop!
- Me conoces y sabes que no: soy demasiado vago para ello.
- Qué barbaridad. En fin. Supongo que será una ocasión especial. No sé... El Dïa de San Donut o algo así, que te los regalan.
- Nop. Es un día como otro cualquiera. No hay ninguna oferta, ganga ni rebaja.
- Lo mismo la han inaugurado hace poco. La novedad...
- Lleva abierta casi año y medio y la cola se forma día tras día, con un tiempo de espera típico entre 40 minutos y hora y media.

Foto tomada un miércoles a media tarde. Una hora de espera.

- Entonces, deben de ser unos donus deliciosos. Me pregunto si debería comer yo uno.
- La mayoría de la gente que los ha comido dicen que no están mal, pero tampoco son para matarse.
- Ya. Pero es que, un donut recién hecho...
- Quita, quita. Los que lo toman en la cafetería son una mínima parte. Normalmente compran una o dos cajas que se llevan a casa para comerlos horas después y/o al día siguiente.
- Pues no lo entiendo. En fin. Se nota que hacía buen tiempo. En esas condiciones, tampoco es tan grave pasar el tiempo charlando tranquilamente con los amigos o con tu pareja en una cola.
- La cola lleva formándose absolutamente todos los días. Haga frío o haga calor. Nieve o llueva. Sople el viento o haga 40 grados.
- ¿Pueden ser gente desocupada? No sé... Estudiantes, parados, jubilados, amas de casa...
- Hay de todo. También oficinistas, empleados... Algunos van hasta con bebés. Solos o acompañados. Matan el tiempo hablando, leyendo, con un videojuego, mirando al vacío...

Un bebé con toda la vida por delante. Da igual que pierda hora y media.

- Entonces... ¿Quiere esto decir que la gente se tira más de una hora esperando de buen gusto para gastarse el dinero en una rosquilla con azúcar? ¡Es inaudito! ¡Esto debe de ser un fenómeno parapsicológico! ¡Esa cafetería ejerce un influjo maligno!
- Psíiii... Es cierto que esta cafetería es un caso un poco especial. Pero en Japón no es raro aguardar hasta media hora o por ahí cuando quieres entrar en un restaurante o cafetería y está lleno. Habitualmente, los restaurantes tienen unas sillas en el exterior para la gente que quiere esperar. Llegas, te apuntas en una lista y... hasta que te toque.

En el fondo, lo de las sillas es incluso humanitario, comparado con lo de los donuts esos.


- ¡Qué horror! Yo creía que era en España, donde siempre tienes que esperar en los bancos, en Correos, en las comisarías...
- En Japón, esos servicios funcionan como la seda. La gente espera en los restaurantes porque quiere esperar.
- Pero... pero... ¡No lo entiendo! ¿No se supone que la japonesa es una de las sociedades donde la gente trabaja más, tiene más estrés y tiene menos tiempo libre del mundo?
- Toma, pues claro. Es lógico: ¿Cómo no van a tener poco tiempo libre, si se pasan media vida haciendo cola?

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sábado, febrero 23, 2008

Amigos

Quien tiene un amigo... tiene un problema.

Y si no, que se lo digan a estos dos:

- Tú mataste a mi padre... ¡Ahora me vengaré!

- Te equivocas. Yo... ¡Yo soy tu padre!... Ups, espera, que me confundo de película. Quiero decir... Tu padre era un hijoputa chalao vestido de verde y se mató él sólo. Yastá. Arreglado. Ahora seguimos siendo colegas como siempre, ¿ok?

- No sé... Creo que durante un tiempo te guardaré rencor e intentaré vengarme. Y quizás luego haga las paces.

- Pos la has cagao, macho. No sabes el final tan previsible que tiene ese comportamiento en las pelis.

El mío es esta amiga española (nombre ficticio: Yateko Geré) que estuvo viviendo durante varios años aquí en Tokio.
El año pasado, por algún misterioso trauma, decidió desertar y volver a Españalandia, dejándome indefenso ante las hordas de japoneses nipónicos.
Chungo. Pero bueno, es su vida. Hasta aquí, todo bien.

Pero hace poco recibí un mail suyo que empezaba así:

- Ayúdame, Don-Guri-Kenobi. Tú eres mi última esperanza.

Si yo soy la última esperanza de alguien, es que la cosa tiene que estar bien jodida. Seguí leyendo.

- Como emigrante retornada que ha trabajado en el extranjero, tengo derecho a un desempleo. Pero necesito unos documentos que tiene que expedir la Embajada de España en Tokio y el plazo para presentar los papeles termina pronto. Mandé un mail a la Embajada, pero no me contestaron. Les envié otro mail tres días después, y tampoco. Por favor, ¿puedes llamarles y preguntar qué pasa?

¡¡¡¡Llamar a la Embajada!!!! No podía pedirme un favor más sencillo, como derribar la pirámide de Keops a cabezazos, enseñar a cantar a un ladrillo o resucitar a Elvis. Suicidarme era una opción, pero supuse que dolería, y soy alérgico al dolor.

¿Las 12 tareas de Hércules? ¡Ja! Es poco sabido, pero originalmente eran 13. La última era conseguir información últil de la Embajada, tarea en la que fracasó. Zeus lo condenó a que en el futuro se hiciera esta pelicula protagonizada por Lou Ferringo.

Aclaro que coronar con éxito una misión referente a la Embajada de España en Tokio puede ser una odisea. Especialmente por teléfono. O quizás sea que me tienen el número pillado. Sea como sea, rara ha sido la vez que he conseguido una atención pronta y eficaz. El récord fue aquella vez que tardé tres días en conseguir que me atendieran. Y sólo lo conseguí mediante, si se me permite la inmodestia, un hábil Truco Choricil (que no revelaré aquí por si alguien de la Embajada lo lee y toma contramedidas).
Por eso, si ya tiene tela conseguirlo desde el propio Tokio, se comprenderá que desde España el sufrimiento sea elevado al cubo.

Así que, resignado a mi suerte (mala suerte), me pongo a ello. La cosa empieza como siempre. Pero esta vez no tengo paciencia: recurro al Truco Choricil y me atiende una mujer con acento japonés. La conversación va más o menos así.

- Buenos días. ¿Qué desea?
- Verá, llamo por una amiga que vivía en Tokio y ha regresado a España. Necesita un certificado de ***** y otro de *****. Es un poco urgente.
- Bueno, dígale a su amiga que nos mande un fax o un mail con sus datos personales, y le contestaremos.
- Ya lo ha hecho. Y dos veces. Pero no tiene respuesta. Por eso me ha endosado a mí el muert... Digooo... Me ha pedido que les llame.
- Hmmm... Un momento

[Espera]

- ¿Oiga? ¿Me puede decir el nombre de su amiga?
- Yateko Geré. Y griega, a, te, e, ka, o. Ge, e, erre, e.
- Y griega... a... te... ¿e?

Está claro que la tía se ha hecho la picha un lío. Repito desde el principio. Dos veces más. La verdad es que mi amiga no tiene un nombre demasiado común. Y menos para hacérselo entender a una japonesa. Si se llamara Ana Martín, las posibilidades de éxito de la llamada habrían sido más altas.

- ¿Y su teléfono, por favor?
- Eso no lo sé. Pero por horario, a ella le resulta difícil llamar. Su talla de sujetador tampoco la sé, aunque así a ojo, debe de ser...
- No le he preguntado por la talla de sujetador.
- Ah, ¿no? Perdón, ha sido un lapsus. No sé en qué estaría pensando.
- ¿Tiene mail?
- Claro. ¿No le he dicho que les ha enviado dos? Su mail es el nombre todo junto. Se lo deletreo otra vez: y griega, a, te, e, ka, o, ge, e, erre, e, arroba, talcual punto com. yatekogere@******.***
- Ajá

Es un “ajá” que me suena a que se ha perdido en la tercera letra y posiblemente acabe enviándole el mail a un aborigen australiano que vive en una cueva con un ornitorrinco tuerto por mascota y una conexión Wi-Fi.

La conversación acaba diciéndome que le enviarán un mail. Yo le doy las gracias y cuelgo. Me resigno a que mi amiga está perdida. Luego le rezaré a San Judas Tadeo, patrón de los imposibles.


Le escribo a Yateko que ya he hecho la llamada. Tres días después me responde (ya habéis visto que mi amiga siempre da señales de vida a los tres días, como Jesús): siguen sin ponerse en contacto con ella, y se ha resignado a llamarles a las horas intempestivas que suponen la diferencia horaria y el horario de atención de la Embajada.

Según me ha contado, no tuvo problemas para que le cogieran el teléfono. Ilusa. Eso lo hacen para que te confíes. En cuanto le expuso el caso, la persona que le atendió le explicó el procedimiento que debía llevar a cabo, cerrando elegantemente el bucle infinito de atención al cliente:

- Mándenos un mail.


NOTA: Post publicado con el consentimiento de la individua.

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viernes, enero 25, 2008

Frío

Estos últimos días está haciendo una rasca del cagalse.

A estas alturas del invierno es lo más normal, para qué nos vamos a engañar. Pero a uno, que ha nacido, crecido y desenrollado en la Costa del Sol, pues no le hace mucha gracia. Ya estoy loco por que se vayan los fríos y gozar de la primavera: buenas temperaturas, flores de cerezo, las primeras minifaldas y la alergia al polen (ups).


La próxima vez que te gotee la nariz, recuerda que hay gente que vive todo el año en lugares así.

Pero para eso aún falta un poco. De momento hay que aguantar. Ayer por la mañana iba camino al trabajo. Intentaba no pensar en lo a gustito que estaría metido en mi futón en vez de exponiendo mi delicado cutis a los fríos vientos tokióticos. Y en estas que me pregunté cómo habríamos llegado a esta situación.

El mundo es grande, y la humanidad se originó en una zona templada. Así a primeras no se ve la necesidad de trasladarse a lugares donde te puedes morir fácilmente de frío a la que te descuides. Quiero decir, que existiendo lugares como Cuba o Cancún, ¿quién decide que vivir en Islandia mola?

Y eso que ahora tenemos calefacción eléctrica, abrigos con forro de aire y aislante térmico, bufandas de Cachemira, alfombras eléctricas y todo tipo de inventos para hacernos más llevadero el invierno. Antes, en la prehistoria, tenían que apañarse con cuatro pellejos y un par de sacos.

Así por ejemplo, ¿de dónde salieron los esquimales? ¿A quién le parece que noches de seis meses, temperaturas bajo cero y hielos eternos son el ambiente perfecto para criar a los hijos?


Siempre me he preguntado... ¿Dónde meten la ducha?

No puedo sino imaginar la siguiente escena: miles de años atrás, un pueblo errante proveniente de latitudes más meridionales llega a los límites de Groenlandia. El cabecilla y su segundo dialogan:

- ¡Fuuu! Qué peazo páramo de hielo desolado. Creo que este sería un buen lugar para asentarnos.
- Hombre, jefe. No es por llevar la contraria, pero ahí estoy viendo unos cuantos pingüinos congelados. A lo mejor deberíamos pensárnoslo un poco.
- Ya. Y volver al sur, ¿no? ¿Te olvidas de que ahí tuvimos el encontronazo con la tribu esa de los Dekapitamadres? No creí que te quedaran ganas de ver de nuevo al Gran Jefe Desnucamamuts, después de tu “incidente” con su hija. Y no hablemos de mi “altercado” en su harén.
- Errrrr... Tal vez tenga razón. Y el sitio este tiene la ventaja de que nos será fácil cazar a los pingüinos congelados esos.
- Pos venga, dile a la gente que monte los chiringuitos, que nos quedamos aquí. Y que vayan buscando bestias peludas para hacernos abrigos.

Después, las generaciones se van acostumbrando. Y aunque se pasen medio año (o todo el año) quejándose del frío, pues siguen viviendo en el mismo sitio por aquello de la familia, la tradición, la patria y, sobre todo, porque mudarse a otro país es un coñazo tremendo, os lo aseguro.


"¿Quién me mandaría a mí comprar un robot gigante? A ver dónde encuentro ahora una caja para empaquetarlo para la mudanza..."

De todas formas, esto del tiempo atmosférico es curioso. Haciendo uso de memoria, hay dos conversaciones típicas y únicas en cuanto cambia un poco la meteorología. Fijaos y las reconoceréis enseguida en cualquier programa de noticias. Se pueden aplicar también al calor.

1) Si no hace mucho frío, sale el ancianillo de turno.
- ¿Frío? Ahora a cualquier cosa la llaman frío. Cuando yo era niño sí que hacía frío. En noviembre ya estaba to nevado. Hasta los perros se quedaban pegaos en los árboles cuando meaban. ¿Y ahora? Fíjese, fíjese que ni apetecen castañas asadas. Esto, ni es invierno ni es ná. El tiempo está loco.

Los espectadores asienten en sus casas.

2) Si hace un frío que bate records, sale el mismo ancianillo.
- Esto, este frío es la primera vez, mire usted. Esto no se ha dado nunca en estos parajes. Desde que yo era niño no recuerdo un invierno así. Hasta la lechuzas se caen de las ramas, congelás. El tiempo está loco.

Los espectadores asienten en sus casas.



La moraleja de todo esto: si vivís en un sitio con un invierno más suave que Tokio, os envidio. Si vivís en uno con un invierno más duro, envidiadme. Y si vivís en Tokio vamos a tomar una cerveza... pero cuando no haga tanto frío.

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domingo, junio 24, 2007

El tiempo en Tokio

El otro día hacía un calor tan espantoso que vi una cosa que me dio mucha pena: a una madre que iba por la calle se le derritió su hijo de 10 años. Fue algo tremendo. Cómo lloraba, la pobre.

- ¡Debería haberle comprado esa gorra cuando me la pidió!- se lamentaba amargamente. A buenas horas.

Afortunadamente, los servicios de urgencia llegaron enseguida y, usando una pipeta, pudieron transvasar a una garrafa todo el charco en que se había convertido el niño, antes de que se evaporara demasiado. Parece que no habrá problemas para recomponerlo en el hospital, aunque seguramente le quedará algún trastorno secundario como incontinencia o charcofobia.

Imagen del pequeño Yosuke antes de ser rescatado por el equipo médico.

Claro, esto pasa porque el verano llegó de repente. Las temperaturas iban paulatinamente en ascenso cuando esa mañana, de golpe, ¡pumba! sopotocientos grados más. Y a los cuerpos de las gentes no les da tiempo a adaptarse.
Luego, esa misma tarde, empezó a soplar un viento fortísimo, y a las seis o por ahí las rachas de poniente soplaban ya con tal intensidad que juraría que vi pasar volando un elefante por encima de la Torre de Tokio... seguido del resto del Circo Chino, que estaba actuando en Osaka.
Y después, el día siguiente, se tiró las 24 horas lloviendo sin parar, para dejar paso, un día después, a un raro día de tiempo agradable.


Desde entonces estamos metidos en la estación de las lluvias... que comenzó hace más de una semana pero que sólo ha llovido un par de veces. Muchos japoneses ya andan preocupados con que va a faltar agua y tal. En un debate del Parlamento incluso se propuso solicitar ayuda a España para que hicieran un trasvase Ebro-Shinjuku, pero después de investigar un poco y ver lo que les esperaba si tenían que tratar con políticos españoles, el Parlamento en pleno se hizo el harakiri.

Los expertos españoles presentaron a los ingenieros japoneses esta muestra del instrumental tecnológico disponible para hacer los trasvases.

En fin. Que el tiempo está loco ya lo sabemos. Es un fenómeno mundial por aquello del CO2 y el metano de las vacas. Pero el problema del tiempo en Tokio no es que sea malo; es que es aleatorio. El tiempo que hace en un momento y el que va a hacer en el momento siguiente tienen una correlación de -100 lo menos.

Don, una correlación tiene un valor entre -1 y 1. No existen las correlaciones de -100”, diréis algunos. ¡Error! En Tokio, todo es posible. Se trata de la capital del país donde una mole de 200 kilos de carne se considera sexy (luchadores de sumo), donde dos cuerpos pueden ocupar simultáneamente el mismo espacio (interior de vagón de tren en hora punta), y donde normalmente puedes pasear a las dos de la noche por un barrio sin que necesariamente dos chorizos te asalten y te roben hasta la caspa. Si esto no contradice todas las leyes de la física conocidas, que baje Einstein y lo vea.

Y en medio de este “hoy hago el tiempo que me sale de los coj*nes”, tenemos a los meteorólogos.
Una de las cosas que más me sorprendió al llegar a Japón es que, a pesar de todo, los pronósticos del tiempo eran bastante fiables. Te dan, por franjas de 6 horas, el tiempo esperado, la posibilidad de precipitaciones, humedad y mogollón de datos más, todo con sus correspondientes porcentajes. ¡Y no suelen andar muy desencaminados!

Claro que eso era antes. Últimamente la cosa anda tan descontrolada que para lo que aciertan podrían ahorrarse el dinero de tanto satélite y usar el Calendario Zaragozano. No creo que hubiera mucha diferencia.

En fin. Sea como sea, nunca mejor momento para aplicar el refran ese de “a mal tiempo buena cara”. Todo esto tiene la ventaja de que al menos, las siempre intrascendentes conversaciones sobre el tiempo pueden ser más originales que de costumbre, como la que oí el jueves pasado cerca de mi casa:

- ¡Vecino! ¡¡¡Vecinoooo!!!
- ¿Sí? ¡Ah, buenos días! Qué calor hace hoy, ¿eh?
- Bah. Eso era hace 3 segundos. Ahora está lloviendo.
- Sí, y encima ahora se ha puesto a nevar.
- Suerte que este viento que ha empezado a soplar se llevará pronto las nubes.
- Mire, ya sale el sol. Por cierto, ¿qué me quería deci...

¡CRAS! ¡CHOF! ¡RUIDO DE SESOS DESPARRAMAOS!

- Errr... Que se apartara, que le iba a caer una maceta en la cabeza...

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martes, junio 12, 2007

Tres de estas y dos de aquellas

Cualquiera que haya ido al menos una vez al médico en Japón tiene anécdotas suficientes como para escribir no ya un libro, sino toda una trilogía.

Para empezar, el sistema sanitario público japonés no es totalmente gratuito. El paciente paga un tanto por ciento del tratamiento, y el resto lo apoquina el estado. Supongo que este será uno de los factores por lo que no se forman las colas que hay en los ambulatorios españoles. Una ventaja obvia es que te ahorras morir en la lista de espera... Aunque a cambio tendrás que morirte si algún día andas corto de pelas.


El caso es que son dos las cosas que más me han llamado la atención hasta el momento.

Una es la increíble velocidad a la que algunos médicos te reconocen.

Estás ahí, dándole vueltas en la cabeza desde hace varios días a las molestias que tienes, sospechando que la cosa irá de tumor para arriba y que tendrán que someterte a complejas y dolorosas pruebas, y todo se resuelve tal que así:


- Buenos días. Mire, que desde el martes siento una pesadez en el estómago que...
- Sí, eso es (nombre de una dolencia que obviamente no has aprendido en japonés). Te tomas estas pastillas después de cada comida. Que te mejores.

Y claro, te quedas como cortado. Dudas de si el doctor que te atiende es una eminencia en lo suyo, o es que pasa de ti como de la mierda. ¿Pero qué vas a hacer? Pues nada, te convences a ti mismo pensando que, a fin de cuentas, los japoneses ostentan la mayor esperanza de vida del mundo. Así que esperas que lo que le ha funcionado hasta ahora a la nación también dé resultado contigo.

El señor Nakamura y la señora Suzuki con los diplomas acreditativos a los mayores pastillómanos de Japón. Se estima que el 40% de la masa corporal de un japonés mayor de 65 años está compuesta de pastillas.

La otra cosa que me sorprendió es la alegría con la que recetan aquí las pastillas.
Vaya por delante que, por lo que sé, las medicinas japonesas son en general menos fuertes que las españolas. Pero lo compensan multiplicando el número de píldoras que hay que ingerir por sesión.
Por ejemplo, esto fue lo que me pasó la primera vez que fui a un médico de cabecera, virgen e inocente aún de este desenfreno pastillero.


Resulta que un día me desperté prácticamente afónico y con un dolor de garganta tremendo. La cosa tenía su guasa: la primera vez que tengo que ir a un médico japonés y casi no puedo hablar. Supongo que es la forma que tiene el Destino de decirme que puede putearme de más formas de las que puedo imaginar.
Bueno, aclarada la situación con lápiz y papel en la consulta, me reconoce la garganta en exactamente 2.67 segundos y me prescribe el tratamiento.

- Tienes una infección de garganta. Te vas a tomar una pastilla de estas tres veces al día después de cada comida, durante cinco días. Es un antibiótico.
(Vale. Parece algo razonable)

- Y por la mañana y por la noche, dos de estas para la sequedad de la garganta.
(¿Dos? ¿Y por qué no hacen una el doble de fuerte y acabamos antes?)

- Al mismo tiempo, también te vas a tomar dos de estas pequeñitas rosadas, porque las anteriores pueden darte un poco de fiebre.
(¿¡Ein!? Oiga, ¿y no sería mejor no tomarse las anteriores...?)

- Una de estas blancas tras las comidas, para proteger el estómago.
(¡¡¡Eh!!! ¡Que yo con el primer antibiótico ya me conformo! ¿¿¿Qué es esto de tomarse una pastilla para combatir los efectos que me produce otra pastilla que sirve para contrarrestar los efectos de otra pastilla??? ¿¿¿Dónde está la cámara oculta???)

- Estas otras son para chupar y producir saliva. Son suaves. Tómate las que quieras.
(Al menos le empiezo a ver el lado bueno al asunto: con tanta ingesta no necesitaré gastar dinero en comida. Ya se me llenará el estómago a base de pastillas).

Total, al final aún me recetó una más (¡¡¡6!!!). No me acuerdo de para qué era. Supongo que porque su color haría juego con el de las otras cinco que ya me había mandado o algo así. Y cuando salí de la consulta, aún pude verle en los ojillos un fugaz reflejo de su ansia por mandarme un par de medicinas más.

Según la filosofía oriental, tan importante como los efectos terapéuticos es la armonía cromática del conjunto de pastillas recetadas.

Me consolé pensando que menos mal que sólo era una inflamación de garganta. Si llega a ser un cáncer me manda a vivir dentro de una pastilla, lo menos.
El tratamiento tuvo efecto... Yo creo que los microbios, nada más oír lo que se les venía encima, empezaron a salir por patas cagados de miedo.

Pero esto no ha sido un caso aislado. En otras ocasiones he ido por una menudencia y he acabado trayéndome a casa media farmacia.

Supongo que esto tendrá profundas raíces culturales, no menos profundas raíces económicas y, en último caso, profundísimas razones médicas: entre tanto potingue, alguno hará efecto, pensarán.

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jueves, mayo 31, 2007

Con la boca abierta

Recuerdo la primera vez que fui a un dentista en Japón.
Aparte de que ir al dentista no ha sido nunca uno de mis pasatiempos favoritos, estaba el problema de la comunicación, por supuesto.



Dentistas: esos bromistas que nos llenan la boca de instrumentos punzantes y luego nos dan conversación.


Pensadlo así: cuando por un motivo u otro uno termina viviendo en un país extranjero, una de las cosas por las que se preocupa es por aprender el idioma. Estudia en una escuela, por sí mismo o con la práctica diaria. Y poco a poco va consiguiendo pequeños logros como:

- entrar en un restaurante y pedir la comida verbalmente, en vez de con mímica.
- entenderse con los empleados de la estación de tren cuando no está seguro de dónde tiene que hacer los 28 transbordos necesarios para llegar a su destino, en vez de tirarse media hora descifrando el mapa de líneas y acabar perdido en algún punto de la red de transportes del otro extremo de Japón.
- comprender que esa chica tan mona con la que lleva quince minutos hablando y que cree haberse ligado, en realidad pertenece a la secta del gas sarín; y que no le está llevando a su apartamento para pasar una noche loca de pasión, sino a la cámara de pruebas.


A veces, no entender bien el idioma local puede llevar a incómodas situaciones


Pero las verdaderas pruebas de fuego, cuando realmente se comprueba si dominas el idioma o no, es cuando tienes que tratar con la administración o con los médicos. Piensa si con tus conocimientos actuales de la lengua extranjera que hayas estudiado podrías expresarte con soltura en alguna de las siguientes situaciones:

1- Una reclamación en Hacienda porque te han desgravado un 5% menos de lo correspondiente a la tasa interanual aplicable a trabajadores autónomos según los estatutos relativos a profesionales extranjeros con permiso de trabajo. El éxito supone recuperar justamente tu dinero; el fracaso, que se envalentonen y los próximos años te vayan quitanto más y más hasta que acabes como un sin techo.
2- Sientes unas punzadas palpitantes en la región lumbar. Estás preocupado porque en tu familia hay antecedentes clínicos hereditarios de quistes renales, y te gustaría que te hicieran unas ecografías para descartar cualquier problema. Debes advertir que eres alérgico a los corticoides. El éxito supone coneguir el tratamiento adecuado; el fracaso, que la palmes.

Bueno, y ahora que ya tienes algo en lo que pensar la próxima vez que gastes tu dinero matriculándote en un curso de idiomas, sigamos.

Estábamos en el dentista. El momento de más tensión viene cuando te sientan en el sillón y te preguntan qué te pasa. En mi caso, este era el problema:


“Tengo un dolor sordo e intermitente en la segunda muela por detrás, en la mandíbula inferior. Tiene hecho un empaste de aleación, pero la muela del final tiene una endodoncia, y no se puede poner la funda que necesitaría porque los enganches que se aplican podrían ocasionar problemas si no se extrae previamente la muela del juicio que está debajo”...


... Es lo que quería explicarle. Como me faltaba vocabulario, tuve que expresarme con otras palabras:

Esta muela. Me duele”, expliqué, señalándome con el dedo y confiando en que la profesionalidad del odontólogo hiciera el resto.

Dibujillo resultón que encontré por ahí y que he puesto, más que nada, para interrumpir tanto texto seguido.

El dentista me echó aire en la muela, pero esta ni se inmutó. Cuando tiene que doler, no duele, la muy traidora. Me estaba dejando por mentiroso.

Total, que me hizo unas radiografías. Las radiografías no mienten y detectan los problemas con precisión.
Como era de esperar, los resultados fueron:

- una caries entre dos muelas de arriba que yo ignoraba. Al estar entre dos muelas, contaría como dos en la factura. Habría objetado a eso, pero uno no discute con un tipo que sostiene un taladro dentro de tu boca.
- otra caries que se había filtrado bajo el empaste de la muela de la endodoncia que, al no tener nervio, no molestaba nada. Ya sabía yo que un palabro como “endodoncia” no podía traer nada bueno.
- y en la muela que me molestaba, no había nada anómalo.

Conclusión: fui a que me arreglaran una muela que en la consulta no presentó ningún problema. En cambio, me volví con dos citas para arreglar otras dos muelas. Y cuando llegué a casa y me bebí un vaso de agua, la condenada muela empezó a molestarme otra vez.

Me c*g* en mis muelas.

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miércoles, mayo 23, 2007

Bicho raro

Cuando era más joven (concretamente el sábado pasado), entró en casa un bicho. Un bicho bastante gordo.

Al principio creí que era una libélula de unos tres o cuatro centímetros. Pero mirándolo más detenidamente, me di cuenta de que más bien era un cruce entre mosca y libélula. Supongo que hasta los insectos van lo suficientemente salidos de vez en cuando como para darse un achuchón con individuos de otras especies. O eso, o alguien ha construido de verdad el cacharro ese teletransportador de la película La Mosca.

Ya sabemos de dónde sacan los dibujantes japoneses las ideas para los monstruos: les basta con esperar a que un bicho les entre por la ventana.

Bueno, fuera lo que fuera, el problema era deshacerse de él.

A excepción de cucarachas y mosquitos, no me disgustan los insectos, pero cohabitar con uno es harina de otro costal.
Si es inofensivo, mi estrategia es confiar en que pronto se aburrirá de mi casa y se irá a un sitio más interesante desde el punto de vista insectístico. Esta método tiene una tasa de éxito más alta de lo que puede parecer a primera vista, y además requiere nulo esfuerzo por mi parte.
Pero si es peligroso, entonces hay que tomar medidas.

Tomemos por ejemplo un caso acaecido hace ya un porrón de tiempo, cuando el mundo era joven, los diplodocus se paseaban por la Tierra y Saturno se estaba haciendo una parrillada con sus hijos mientras Goya tomaba apuntes en su cuaderno de bocetos.
O bueno... mejor no nos remontemos tanto, porque entonces yo aún no había nacido.

El caso es que hace unos cuantos años, mientras estaba en el salón de mi casa charlando con un amigo que había venido a visitarme, de repente escuchamos un zumbido en la terraza y vimos que se había colado una avispa.

Ejemplar parecido a la de aquel día. La que entró en mi terraza era mucho más mortífera. Me pareció ver que hasta llevaba unos nunchakus.

Lo primero que se me ocurrió fue chillar, pero como eso queda poco varonil y tal, lo que hice fue cerrar la puerta de la terraza para que no se nos colara en el salón.
Después, pensé qué curso de acción tomar.
Lo más seguro, sin duda, era dejar cerrada la puerta de la terraza a perpetuidad y que hiciera allí su vida. Razoné que la esperanza de vida de una avispa debía de ser sensiblemente menor que la de un humano, y en un plazo razonable ella moriría de vieja y yo podría volver a usar la terraza.
Mi amigo, en cambio, tuvo otra idea con efectos a más corto plazo: coger el insecticida y cargárnosla.

No obstante, la cosa no iba a ser tan sencilla. Para empezar, el insecticida llevaba más de un año caducado.


Bueno”, deduje yo, “así se habrá hecho más tóxico y matará más”.


Era bastante lógico. Una vez casi la palmo por comerme un yogur que no llevaba ni una semana caducado, así que en esas condiciones, el insecticida seguramente desintegraría a la avispa, como mínimo.
El siguiente problema era decidir quién abría la puerta de la terraza para rociar el insecticida. Porque estaba seguro de que la avispa se lanzaría enseguida a la mano del valiente que se atreviera a asomarse.

Sinceramente, no recuerdo cuál de los dos llevó a cabo la heroica tarea. Supongo que mi amigo, ya que por aquel entonces yo ya había aprendido el sutil arte choricil de la delegación.
La misión fue un éxito y el temible díptero falleció entre agónicos estertores. Quizás algún día los de Hollywood hagan una película de tamaña gesta.

Imagen del final de la avispa.

Y después de este prólogo, más largo que el post en sí, volvamos a la mosca-libélula.

Al ser un insecto desconocido, y además japonés (ya sabemos que todas las criaturas japonesas están irradiadas), lo más probable es que ocultara peligrosos poderes mutantes. Así que la situación estaba clara: o lo exterminaba yo a él, o él aniquilaría a la humanidad.
Sin pensármelo dos veces, eché mano al insecticida. Pero después de meditarlo un poco, recordé que no tengo insecticida. Así que le di un cigarrillo, que dicen que el fumar mata mucho.

Pero espero que haga efecto pronto, porque el maldito se ha enganchado y tengo que comprarle una cajetilla al día. A este paso, me habría salido más barato mudarme de piso y dejarle este al bicho.

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domingo, mayo 06, 2007

Puente

Esta semana que ha terminado se llama Golden Week en Japón. Hay un par de días laborables y el resto es fiesta, y normalmente se forma un macropuente de una semana. Algo así como en Semana Santa, para entendernos.

Una de las obligaciones cuando se tienen vacaciones es que hay que hacer algo, preferiblemente lejos. Porque si te quedas en casa descansando o no sales del barrio, eso es hacer el pringao.
Así que un dia me di una vuelta por un sitio llamado Odaiba, por ahí por la Bahía de Tokio. Uno de los objetivos era hacer fotos del Rainbow Bridge, un peazo puente que une Odaiba con Tokio.


Foto que no hice yo. No se ve, pero a la derecha hay como medio kilómetro (sin exagerar) más de puente o acceso al puente o lo que sea.

Lo que no sabía era que podías entrar y pasearte por dentro a lo largo de todo el puente. Tampoco sabía lo larga que puede ser una cosa que a simple vista parece tan compacta.
No tenía nada que perder excepto el tiempo: me sobraba una media hora para coger el tren e ir a una cita con una amiga que tenía en el otro extremo de la ciudad. Pensé que sería chulo hacer fotos desde dentro del puente; eso no está tan visto. Así que me metí con la idea de echar un vistacillo y salir pronto por donde había entrado.

"Paisaje" del primer medio kilómetro, antes de llegar al primer arco. Obsérvese que no fui el único pardillo en pegarse el paseo.

... Lo siguiente que supe es que llevaba adentrándome más de 20 minutos. Sin duda, esta pérdida de la noción del tiempo se debía a algún efecto relativista de distorsión temporal que se produce cuando uno se pasea por un puente japonés. Alguien debería estudiarlo.

De cualquier modo, el caso es que ya casi era la hora en que debía estar cogiendo el tren. Era imperante salir de allí como fuera. Pero a mi derecha sólo estaba el mar, bajo cuyas aguas seguramente nadaban voraces primos acuáticos de Godzilla. Y a la izquierda, coches circulando lo menos al 80% de la velocidad de la luz y emitiendo gases que iban mutando las células de mis pulmones segundo a segundo.
Sólo podía avanzar hacia adelante o hacia atrás. Comprendí entonces lo que debe sentir un ser que viva en un universo unidimensional. Aún más: comprendí lo que debe sentir un ser que viva en un universo unidimensional y que encima vaya a llegar tardísimo a una cita.

Rápidamente, guiándome por mis instintos, resolví que después de la caminata que me había pegado, lo mejor sería seguir avanzando. Ya debía faltar poco para salir por el otro lado.
Efectivamente: un buen rato después encuentro un cartel que me dice que... aún falta un poquito para llegar a la mitad. Que alguien me diga dónde puedo descambiar mis instintos.

"Paisaje" del tramo entre los dos arcos.

Total, que después de gastar un par de milímetros más de suelas conseguí llegar al otro extremo, coger el tren y llegar sólo casi una hora tarde. Mi amiga estaba visiblemente molesta. Sólo había un modo de arreglar la situación: echando mano de la gramática choricil.

ELLA: ¡Muy bonito! ¡Una hora esperándote!? ¿Vives en una franja horaria diferente o qué?
YO: Bueno, bueno. Ya te dije que iba a hacer fotos. Es lo que tiene esto: hay que esperar la dorada luz del ocaso y tal. Uno está a merced de la Madre Naturaleza.
ELLA: ¡De la madre que te trajo! Te daba perfectamente tiempo a hacer la foto del puente al atardecer y presentarte a tiempo.
YO: ¿”Foto DEL puente”? ¡Yo te dije “foto EN el puente”! Si no sabes distinguir las preposiciones, toda la culpa es tuya. Tú sabes lo largo que es ese puente. ¿Qué querías, que después de sacar la foto fuera volando hasta la orilla? ¡Por Dios! Qué sólo soy una persona. ¡Y tú me pides milagros! Sí, sí, ya lo sé: no era tu intención. Pero me has herido. Me has herido mucho. “de” y “en”. ¿Merece la pena romper una amistad por dos letras? Pero si para ti sólo valgo lo que una preposición malentendida, adelante, procede y acaba la relación... y quizás con el último resquicio humano que te queda en tu alma. Y escúchame bien esta vez: he dicho “EN tu alma”. No “de”, ni “a”... ni siquiera “con”. ¡“EN”!
ELLA (dubitativa): Bu... Bueno, quizás me equivocara al escuchar. Perdona, me he pasado.
YO: Y tanto. Y tú verás que todavía se te ocurrirá insinuar que acabo de inventarme eso de “en el puente”.
ELLA: No, no. Perdona, por favor.
YO: Está bien. Pero tendrás que invitarme a cenar.
ELLA: Claro, por supuesto.

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jueves, diciembre 07, 2006

Test de compatibilidad con Japón

Es innegable que las diferencias sociales y culturales de España y Japón son grandes. No todo el mundo reacciona igual ante un entorno distinto, y de ahí que exista el término “shock cultural”.

Seguramente más de uno habréis pensado o soñado con venir a Japón. Algunos incluso habréis acariciado la idea de lo que sería vivir en el país del Sol Naciente. Otros lo habréis visitado, y algunos más estaréis aquí en estos momentos. Incluso si no tienes la menor intención de venir, nunca se sabe lo que nos depara el destino y cualquier día podrías encontrarte desembarcando en el aeropuerto de Narita.
De manera que, sea cual sea tu caso, quizás sería interesante que probaras a hacer este test para comprobar cuánto de compatible eres con Japón.

1. Japón es...

a) La meca de la tecnología y los videojuegos. Donde se cruza la tradición y la modernidad. Cuna de costumbres ancestrales, códigos de honorables guerreros y refinadas geishas.
b) Un país en el quinto pino.
c) Más o menos como China, pero con más turistas que vienen a España a hacer fotos y ser atracados.


2. El sumo es...

a) El deporte nacional de Japón, partícipe de rituales ancestrales y con campeones de la talla de Asashoryu o Chiyonofuji.
b) De naranja o de mansana. ¡Ja,ja! ¡Qué gracioso soy!
c) ¿Ver a dos gordos metiéndose mano y refregándose? ¡Qué cosa más gay!


3. En un servicio público te encuentras con un retrete computerizado al estilo de este:

a) Experimento y pulso todos los botones, incluido el de la calavera y dos tibias.
b) Dudo y, desde una distancia prudente, intento acertar con el de la cisterna.
c) Dejo el “regalo” en la taza y que se las apañe el que venga después, joderya.


4. La chica de la foto es...

a) Ayumi Hamazaki, la musa del pop japonés.
b) Una chica mona.
c) Yo qué sé. Todos los orientales son iguales, así que para qué molestarse en identificarlos. De todas formas, yo le haría un favor a esta.


5. En un metro cuadrado de terreno caben holgadamente...

a) 18 personas. Y si el metro cuadrado está dentro de un tren, podemos meter un equipo de rugby y una filarmónica, apretando un poco.
b) Una persona. O dos, si la otra es atractiva.
c) ¿Sólo uno? ¡Na más que para meter mis poderosos atributos ya me falta espacio, cagontó!

6. Mi serie favorita de anime es...

a) Gundam Plus.
b) Heidi.
c) Esa en la que salían tetas y culos y violencia gratuita pero que no me acuerdo del nombre.


7. La comida japonesa es...

a) Sublime. El paladar del sashimi de atún y el erizo de mar, la textura y el sutil sabor del tofu y la delicada cualidad del fugu (pez globo) son sabores sin parangón en la cocina mundial.
b) Está buena y además no es pesada, pero no llena del todo.
c) Insípida, pero se puede arreglar con un chorreón de ketchup y acompañándola de patatas fritas.


8. Los samurais y las geishas...

a) Aunque desgraciadamente ya prácticamente extintos, forman parte del rico tapiz cultural japonés
b) Espero verlos por la calle cuando vaya a Japón por primera vez.
c) Guerreros con katanas y putas profesionales de lujo. ¡Cómo mola Japón!


9. ¿Alguna vez has manejado los palillos?
a) Por supuesto. Hasta me como la sopa y atrapo moscas con ellos.
b) Una vez los pedimos en un restaurante japonés y no veas cómo nos reímos. Aunque al final comimos con tenedores.
c) Yo no, pero mi madre los coge y te hace unos jerseys de punto que te cagas.

10. Si por accidente piso a un japonés debo...

a) Disculparme con profundas reverencias de 90 grados y expiar mi crimen durante cinco años en un santuario budista.
b) Disimular. De todas formas, aunque le diga “perdón” no me va a entender.
c) Rematarlo, para que no sufra.

Resultados:


Mayoría de respuestas A: Abandona toda idea de visitar Japón. Tienes una visión deformada del país y te llevarías una una decepción. Si ya estás en él, deberías hacer lo que aconsejaba Alejandro Amenábar: abre los ojos.
Mayoría de respuestas B: Eres normal. Quizás te guste Japón o quizás no. En cualquier caso, olvídate de ver samuráis por las calles.
Mayoría de respuestas C: Enhorabuena. Tu posición psicológica es totalmente estable frente a las influencias de otras culturas y tu identidad personal es inquebrantable. Puedes viajar tranquilamente a Japón y, en caso de vivir en él, llegar a ser alguien importante.

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